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UN DÍA EN UN INVERNADERO ALMERIENSE

Estas vacaciones lo hemos vuelto a hacer, nos hemos ido de agroturismo. Y si la última vez nos fuimos a los verdes prados gallegos a ver cómo se producía leche ecológica en Casa Xanceda, esta vez nos hemos ido al extremo opuesto, literalmente, al mar de plástico de un invernadero almeriense.
Lola Gómez Ferrón, la entusiasta “alma mater” de “Clisol Turismo agrícola” nos abrió las puertas de sus “casas verdes”, como gusta llamar nuestra anfitriona a los invernaderos. En inglés, a los invernaderos se les llama “casas verdes”, y en sueco “casas de cultivo”, palabras que definen mejor lo que ocurre dentro. En su interior, las plantas crecen y fructifican, no se aletargan esperando la llegada del calor primaveral.
Las 31.000 hectáreas de invernaderos en Almería, solo un 3.4% de la provincia, producen 3,4 millones de toneladas de hortalizas y dan trabajo a 15.500 agricultores. Pero no solo a ellos: alambres, plástico, fitosanitarios, semilla, envases, transporte, investigación…la agricultura de esta región es el motor de la economía. Almería tiene casi 3.000 horas de sol al año, y fue a tocarnos un día nublado, así que recurro a esta foto, más vistosa, de JuliánRojas/El País.
 
Una perspectiva distinta sobre los invernaderos
La visita comenzó con una charla en la que Lola nos explicó el contexto en el que se han desarrollado los invernaderos: muchos días de sol, si, pero también mucho viento, suelos muy pobres y casi nada de lluvia; el agua la reciben de los pozos alimentados por las nieves de Sierra Nevada y la sierra de Gádor que tienen a sus espaldas. En esas condiciones sólo se podía practicar una agricultura de subsistencia.
Así, la Almería que visitó John Lennon en 1966 era una de las provincias más pobres de España; desde 1910 su población no crecía, porque básicamente su gente emigraba a buscar una vida mejor. La agricultura daba lo justo para comer y vender lo poco que sobraba, pero exigía el trabajo de toda la familia, incluidos los niños que tenían que abandonar la escuela para ayudar. Tal como cuenta este documental, pocos años antes se había comenzado a ensayar con los primeros enarenados en los suelos cercanos a la costa, considerados los peores desde el punto de vista agrícola. La idea de los enarenados – cubrir el suelo con mantillo, taparlo con arena para conservar la humedad – y posteriormente cubrir el conjunto con plásticos para proteger al cultivo dio el pistoletazo de salida al desarrollo socioeconómico de la zona. Este desarrollo se ha producido gracias a unos agricultores, y sus familias, dispuestos a trabajar lo que hiciera falta y a dejarse asesorar sobre nuevas maneras de producir.
 
Con un pequeño almocafre, Lola nos descubre el agua oculta en los enarenados.
 
Y así se fue gestando un paisaje impactante, la quintaesencia de la intervención humana sobre el territorio. En aquellos tiempos se realizaron verdaderas barbaridades: utilización de arena de playa en los enarenados, la quema sistemática de plásticos, o la eliminación de casi cualquier resquicio de naturaleza susceptible de cubrir con plástico, entre otras. Barbaridades vistas desde el presente, claro; la gente de entonces solo quería aprovechar al máximo esa posibilidad de salir de la pobreza y darle un mejor futuro a sus hijos, el concepto de “medio ambiente” yo creo que ni existía.
Los invernaderos y el medio ambiente
Esto del medio ambiente es un tema al que nuestra anfitriona le dio bastante importancia, el mensaje que me quedó a mi es algo así como “hemos heredado este paisaje, es lo que hay, pero hemos cambiado mucho desde entonces y hoy en día incluso podríamos presumir de sostenibilidad ambiental”.  Quizás influyera que estaba bastante molesta con un artículo publicado recientemente que se hacía eco de un video de unos jóvenes franceses que animaban a no comer tomates de invernadero por su tremendo impacto ambiental.
A la agricultura de invernaderos se la denomina “agricultura industrial”, pero, como bien dice Lola, “un invernadero es la única industria que cuando abre su chimenea sale oxígeno”.

El plástico se ha convertido en un gran enemigo y, cada vez se percibe más como algo negativo y artificial. Los plásticos de los invernaderos, tras superar su vida útil, se reciclan , entre otras cosas, en mobiliario urbano. Las empresas encargadas de la recuperación pagan al agricultor unos 8-10 cts por kg de plástico entregado.
Otro residuo importante es el tremendo volumen de restos de material vegetal que se generan tras acabar la campaña y que, paradójicamente, está costando más llegar al 100% de reciclaje. Se está investigando en distintas maneras de darle salida a estos residuos, pero mientras tanto los agricultores pagan una tasa para que se transformen en compost, que actualmente sustituye al estiércol que formaba parte del sistema de enarenados.
¿Te imaginas este invernadero lleno de cabras?.  Es una especie de “reciclaje in situ” en los invernaderos con enarenado: estas aprovechan casi un 70-80% de la biomasa que ha crecido en el invernadero, de manera que habrá menos cantidad que reciclar y por tanto menos canon que pagar. Eso sí, el ganadero debe ser de confianza, ya que los animales tienen que pasar el día anterior en establo para asegurarse que no han tomado pasto que incluyera semillas de malas hierbas.
 
Dos tipos de invernadero
Lola nos mostró los dos tipos básicos de invernadero que hay en Almería.  
Primero el más abundante y sencillo, el de tipo “parral” en el que había plantado tomate cherry. Aquí pudimos observar una  manera muy particular de guiar las plantas, que permite aprovechar al máximo la luz solar y el espacio dentro del invernadero. 
Primero crecen en vertical, luego en horizontal, como si descansaran sobre una pérgola y cuando va acercándose el final de la temporada comienzan a guiarse de nuevo hacia abajo, hacia el suelo. De esta manera, cada tomatera llega a alcanzar los 8 metros desde que se planta en agosto hasta que termina el ciclo de producción en junio.
 
Los dos invernaderos siguientes eran del tipo “multi-túnel o multicapilla, más modernos y automatizados. En el primero de ellos se cultivaban diversas variedades de tomates: cherrys principalmente, kumatos y tomate grande tipo valenciano. Estos tomates los venden a través de su página web y de la cooperativa.
Las plantas que crecen en este invernadero no desarrollan sus raíces en el suelo sino en unos contenedores de fibra de coco. A estos contenedores, a través de los goteros les llega el agua con todos los elementos para crecer y dar frutos. El agua que no absorbe la planta es recogida por una canaleta y se almacena en un depósito desde donde se tomará para reutilizarla en riegos posteriores. De esta manera se aprovecha a fondo cada gota de agua disponible.           
La fibra de coco es un sustrato ideal para las plantas, ya que permite que se oxigenen las raíces. Vale que hay que importarlo (lógicamente), pero su obtención y gestión es algo más sostenible que la “lana de roca”,  que también se utiliza habitualmente.
Por fin pude entender el porqué de la curiosa disposición en rombos que adquiere del conjunto de los tallos de las tomateras. Al contrario de las del primer invernadero, estas tomateras se entutoran solo hacia arriba, pero en diagonal, así cubren más espacio, dándole cuerda según la van necesitando.
 
Uno de los mejores momentos de la visita fue cuando Lola nos animó a probar unos cuantos tomates cogiéndolos directamente de la mata: Cherrys pera, redondos amarillos y rojos, tipo bombilla, kumatos…a cual más sabroso. Y es que la tecnología y la innovación no están reñidas con el sabor.
En el último invernadero crecían pimientos baby, chiquititos y dulces. La planta del pimiento requiere algo más de calor que la tomatera, por lo que en este invernadero había una especie de “doble techo” (un equivalente a poner una manta más en la cama).
El doble techo no se coloca de cualquier manera. Para evitar que caiga agua de condensación sobre las plantas (que les sienta fatal) las zonas bajas, que acumulan y drenan ese agua, apuntan a la mitad del pasillo que forman las plantas.
El 85% de importancia de la vida de la planta lo marca el clima. El agricultor poco puede hacer respecto a lo que ocurre fuera del invernadero, pero si puede influir en las condiciones del interior jugando con las ventanas de ventilación, los dobles techos y el manejo del blanqueo (es el encalado dela cubierta del invernadero). Para ayudarle en la tarea, los invernaderos más modernos disponen de una pequeña estación meteorológica conectada a un ordenador central que permite controlar las condiciones ambientales de su interior.
Estas plantas de pimiento no tienen muy buen aspecto, han perdido color y tienen las hojas curvadas porque han pasado frio recientemente y porque están ya viejitas (ocho meses es una edad respetable para una planta herbácea). A su manera las plantas se comunican con nosotros, y agricultores como Lola han de estar atentos a los mensajes que envían para poder cuidarlas lo mejor posible.
El bienestar de las plantas es básico, pero el de las personas es también importante. Gracias a estos carritos que circulan a lo largo de unos rieles, se puede recoger cómodamente la cosecha, sin doblar el espinazo. A ambos lados de la silla hay espacio para las cajas donde se colocando los frutos. Mi hijo se prestó voluntario para mostrar cómo se utilizan los carritos, el problema es que los brazos no le llegaban y los pimientos estaban recogidos recientemente.
Los bichos que ayudan al agricultor
Otra de las ideas clave que transmite estupendamente Lola son las ventajas de la lucha biológica contra las plagas, aunque sea algo mucho más complicado que soltar bichitos y sentarse a esperar.
Los niños tuvieron la oportunidad de colocar bolsitas con araña predadora en las plantas de pimiento. Y por si no se lo creían, les prestó un cuentahilos para descubrirlas.
 
En la foto anterior a lo mejor os ha chocado que el suelo esté lleno de hojas, parecería que el encargado de podar las tomateras (si, las tomateras se podan) es un poco dejado. Pues resulta que esas hojas están cumpliendo una importante función, son el refugio de unos bichitos que se alimentarán de dos plagas importantes que atacan al tomate: la Tuta absoluta y la mosca blanca. Esos bichitos se llaman Nesidiocoris, “Nesi” para los amigos y es uno de los bichitos estrella en la lucha biológica por su gran eficacia. Gracias a la lucha biológica, se puede reducir al máximo el uso de productos fitosanitarios y así alcanzar sin problemas los estrictos límites que marca la distribución.
Este bote incluye 500 adultos y ninfas de Nesidiocoris. El problema de Nesi, según los agricultores es que “es un poco puñetero, cuando acaba con la carne, empieza con la ensalada”. En otras palabras, que normalmente se zampa otros insectos pero si le falta comida no tiene reparo en seguir con la tomatera. Y es que las poblaciones de fauna auxiliar tienen que mantenerse en equilibrio: han de estar listos para actuar en cuanto aparezca la plaga (de ahí la utilidad del refugio) pero no puede haber demasiados, sobre todo en condiciones de escasez de presas. Por si acaso, para evitar ataques a los cultivos, se puede alimentar artificialmente a los Nesis con larvas inertes de mariposa. 
¿Sabías que existen granjas de insectos? No son para comer (aunque empieza a estar de moda) sino para ayudar a combatir plagas y polinizar cultivos.
Los otros bichos importantísimos en los invernaderos son las colmenas de abejorros que polinizan las flores de multitud de cultivos. Para sandias y melones se utilizan abejas melíferas, proporcionadas por apicultores locales.
La caja que envuelve la colmena incorpora unas señales, invisibles al ojo humano pero evidentes para los abejorros, que les permite localizar con facilidad la colmena. De esta manera, la energía extra que gastarían en buscar su colmena la destinan a recolectar polen, que es su trabajo. Lola las llamó “colmenas faro” y aquí podéis descubrir esas señales ocultas.
El broche final
La visita va tocando a su fin, y mientras Lola conversa con los adultos, los más pequeños se dedican a plantar una joven tomatera y sembrar unas judías en unos bloques de lana de roca.
Una vez terminada la labor, y ya con bastante hambre, terminamos el recorrido con una  degustación de mini-hortalizas, regadas con aceite de oliva virgen extra, y acompañadas de pan, miel y otros productos de la zona. Nosotros aprovechamos para charlar un rato con Lola y, cómo no, llevarnos unas cuantas “golosinas” a casa.
Sabroso plato de las mini-hortalizas que nos trajimos de Clisol. Tomates cherry de diversas variedades, pimientos y pepinos enanos.
Decir que me encantó la visita es poco; no solo por todo lo que ví y aprendí, sino por el entusiasmo contagioso de Lola Gómez Ferrón por su trabajo. Su objetivo es que el visitante tenga una visión objetiva y real de cómo se producen las hortalizas en invernadero; y yo creo que lo consigue con creces, no sólo por el simple hecho de abrir las puertas de sus invernaderos sino por la manera de contar a la gente su trabajo y el de miles de agricultores almerienses.  
En contrapartida, y gracias a las conversaciones con los visitantes, ella puede saber de primera mano lo qué piensa el consumidor del trabajo del agricultor y de las verduras y hortalizas que obtiene. Información tremendamente valiosa para ampliar su visión y mejorar en su trabajo.
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Obviamente, si quieres saber más sobre invernaderos, esta entrada es imprescindible ABECEAGRARIO: INVERNADERO.
 
Aquí tenéis la crónica de la visita a Casa Xanceda – UN DIA EN UNA GRANJA DE LECHE “ECO” EN GALICIA – otro mundo, pero la misma disposición a abrir las puertas de las granjas y enseñar su trabajo al consumidor final.
La primera vez que hablé sobre agroturismo fue tras nuestra visita a una granja francesa de patos, en LA GRANJA SE ABRE ALCONSUMIDOR.

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