Desde que los humanos vivíamos en las cavernas ya disfrutábamos de la miel, ya que era el único edulcorante que teníamos a mano hasta que llegaron a nuestras vidas la caña de azúcar y la remolacha azucarera.
Quizás por ese origen natural hay quien opta por sustituir el azúcar por miel creyendo que esta es más saludable. Veamos qué hay de cierto en esta creencia.

¿Qué es mejor, miel o azúcar?
La normativa define a la miel de la siguiente manera: “la sustancia natural dulce producida por la abeja Apis mellifera a partir del néctar de plantas o de secreciones de partes vivas de plantas o de excreciones de insectos chupadores presentes en las partes vivas de plantas, que las abejas recolectan, transforman combinándolas con sustancias específicas propias, depositan, deshidratan, almacenan y dejan en colmenas para que madure”. Ahí queda eso.
Al obtenerse del néctar de las flores, su composición también varía según la planta de origen o el clima. A grandes rasgos contiene:
- Agua: 17%
- Fructosa: 38%
- Glucosa: 31%
- Sacarosa: 1,5%
- Maltosa: 7%
- Otros azúcares: 1,5%
- Proteínas y aminoácidos: 1%
- Ácidos orgánicos, vitaminas, y otros: 0,7%
- Minerales: 0,2%

Así que lo que tenemos, básicamente es una mezcla de azúcares y agua, lo cual es considerado por la OMS y muchos nutricionistas como un azúcar libre. Pertenece por tanto al “malvado” grupo de azúcares que bien se añaden a los alimentos para endulzarlos o bien están presentes de forma natural en la miel, los jarabes, los jugos de fruta y los concentrados de jugo de fruta.
Sin embargo, que todas estas sustancias presentes en pequeñas cantidades no sean nutricionalmente importantes no quiere decir que no sean interesantes.
Todo eso que no es azúcar, ¿qué aporta?
En primer lugar, vamos a encontrar compuestos que garantizan la conservación de la miel durante mucho tiempo. Igual que ocurre con las mermeladas, tal cantidad de azúcar hace que la miel resulte un lugar poco acogedor para los hongos y bacterias. Pero aún hay más.
Durante el procesado de la miel, las abejas producen en su particular estómago unas enzimas que rompen los azúcares y otras que forman ácido glucónico y peróxidos. El ácido glucónico baja el ph a 3.9 y los peróxidos actúan como antisépticos (el agua oxigenada es nada menos que peróxido de hidrógeno), y entre los dos fastidian la vida a los posibles microorganismos que quieran instalarse en la miel.
Esta capacidad de la miel para “repeler” a las bacterias explica que en la antigüedad se utilizase como cicatrizante y bactericida. A nosotros nos gusta para aliviar la tos, pero de ahí a utilizarla como elemento curativo hay un mundo.
¿Qué hace diferentes a una miel de romero de una de azahar o de encina o de brezo?
Se han identificado en la miel cientos de sustancias diferentes, entre las que figuran 20 azúcares distintos, aminoácidos, diversos compuestos fenólicos y enzimas antioxidantes. Los distintos néctares que producen las flores poseen sustancias que dan características sensoriales particulares a la miel elaborada a partir de ellos: un toque ácido en la miel de azahar y tomillo o un punto amargo en las mieles de brezo y castaño.

Fuente: Imagen de Vane Monte en Pixabay
Todas estas sustancias además interaccionan entre sí, dando lugar a mayor variedad aún de colores, olores y gustos. Por ejemplo, un catador formado detectaría en una muestra de miel las siguientes sustancias químicas: 2,3-butandiona (olor a mantequilla), ácido acético (agrio), ácido butanóico (sudor de pies), guaiacol (humo), nonanal (cítrico verde), neral (cítrico-menta) y (E)-β-damascenona (olor a manzana cocida) o 4-metoxibenzaldehído (notas de anís) entre otros cientos de moléculas. Porque si, en la naturaleza también existe la química.
¿Sabías que en la UE se han descrito 130 tipos de mieles diferentes? En España tenemos ocho marcas de calidad diferenciada de miel (6 DOP y 2 IGP).
Todos sabemos ya que la abeja es un insecto polinizador, por tanto, es habitual que aparezcan en la miel granos de polen de las flores que han sido visitadas por estos bichitos. De hecho, es garantía de pureza y calidad.
Un experto en melisopalinología (palabro estupendo para un autodefinido) puede identificar los granos de polen y estimar la contribución de distintas plantas en una miel determinada. Se puede así identificar la zona geográfica donde se ha producido (las plantas son distintas en Andalucía, Galicia o China…) y e incluso indicar si la miel es monofloral (normalmente más compleja de producir) o multifloral.
¿Sabías que es obligatorio identificar el origen de la miel en la etiqueta?
La miel puede tener componentes tan naturales como peligrosos
¡Ojo!, que la miel puede tener componentes tan naturales como peligrosos.
Por ejemplo, es importante evitar que los bebes menores de un año tomen miel debido a la posible presencia de esporas de la bacteria Clostridium botulinum, causante de botulismo infantil. El sistema inmunológico de niños tan pequeños no está suficientemente para defenderse y los métodos de procesado actuales no pueden garantizar la ausencia de estas esporas.
Los adultos tampoco deberían confiarse, particularmente aquellos insensatos que consumen mieles de Nepal o turcas “con fines recreativos”. Se sabe que galos, lombardos, sajones y britanos colocaban colmenas con miel tóxica a lo largo de los caminos por los que pasaban los soldados romanos. Esta miel, elaborada por las abejas melíferas a partir de determinadas especies de rododendros o azaleas (Rhododendron luteum y R. ponticum) contenía grayanotoxina, y los efectos que producía en quien las consumía le valió el apodo de “mieles locas”. Normalmente se pasaban en varias horas pero podían llegar a ser mortales.
¿Sabías que hay mieles que pueden ser tóxicas o incluso mortales? Pero no os preocupéis, ya que para evitar sustos en la Unión Europea tenemos normativa para aburrir. Simplemente hay que comprar la miel en los canales adecuados.