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¿SON LOS ORGANISMOS TRANSGÉNICOS PELIGROSOS PARA LA SALUD?

Hasta ahora hemos tratado los aspectos básicos, de una manera más o menos descriptiva, de los organismos transgénicos, pero ya tocaba meterse con los temas espinosos.  Más bien, el que más preocupa a la gente es el hipotético daño que podrían causar a la salud, al medio ambiente o a ambos.

¡Somos conscientes de que nos metemos en un berenjenal! Pero nos hemos documentado y estamos preparados.

Alimentos transgénicos
Los alimentos tienen un significado especial, nos asusta más lo que comemos que lo que respiramos, bebemos o tocamos.
 

¿Pueden provocar alergias?

EL MITO: Cada vez hay más gente con alergias, ¿Qué es lo que ha cambiado durante todos estos años? la alimentación. Ummm, casualmente los OGM llevan unos 20 años con nosotros, ya está, ellos tienen la culpa.

Nuevos genes en nuestra dieta

Cuando un nuevo gen se introduce en el genoma de una planta, como resultado final se produce una nueva proteína. Proteína que puede resultar completamente nueva en la dieta de un colectivo humano.

¿Eso significa que los transgénicos pueden causar alergias? Pues podría ser, pero la cosa no es tan simple y de momento no hay casos registrados por comer alimentos transgénicos destinados al consumo humano. Tampoco hay datos que relacionen la prevalencia de alergias con los OGMs.

En teoría cualquier proteína posee el potencial de desencadenar una reacción alérgica, pero afortunadamente solo ocurre cuando se dan una serie de circunstancias. Por ejemplo, que la superficie de la proteína presente una zona donde se pueden unir los anticuerpos IgE, que el sistema inmune de un individuo susceptible a ese alérgeno fabrique el anticuerpo, y que el individuo especialmente susceptible entre en contacto con el alérgeno en cuestión.

Lo de las nuevas proteínas

Resulta lógico pensar que, cuantas más alimentos transgénicos haya en el mercado, más gente habrá consumiendo proteínas nuevas en su dieta. Por tanto la posibilidad de que haya más casos aislados de reacciones alérgicas sería mayor. Sin embargo, asumir automáticamente que los alimentos genéticamente modificados causan alergias, así en general, no está justificado. 

Conviene no olvidar que existen alimentos genéticamente modificados a los que no se les añaden genes extraños a su genoma, sino que se anulan los genes que no interesan: es el caso del tomate Flavr Savor, la patata Innate o la manzana Arctic. Estos no tienen por qué causar problemas de alergia.

patata Innate
La patata Innate estaba modificada para aguantar mejor los golpes y no producir acrilamida al freírse. Lo contamos en esta entrada.
 

Los alimentos genéticamente modificados son los más vigilados

Para que un producto transgénico obtenga la autorización para su comercialización, debe superar estrictos controles, entre ellas las pruebas de alergenicidad. Estas prueban intentan valorar la capacidad para desencadenar una respuesta alérgica que puede tener alimento transgénico destinado al consumo humano.

Si se descubre que tiene un alérgeno potencial, sus probabilidades de ser aprobado son prácticamente nulas. Esto ocurrió por ejemplo con una soja con genes de nueces del Brasil. Sólo las plantas transgénicas con una probabilidad muy baja de causar alergias pueden conseguir la aprobación de un comité científico.

¿Y qué pruebas son esas?

  • Grado de similaridad con otros alérgenos.
  • Estabilidad de la proteína durante la digestión.
  • Test con muestras de sangre de individuos sensibles a las alergias.
  • Test en animales.

De todas maneras, las reacciones alérgicas resultan de complejas interacciones entre las sustancias y los sistemas inmunes individuales, por lo que no se pueden hacer evaluaciones del potencial alergénico de una sustancia con un 100 % de certeza. De momento, la única certeza es que acabe dándose tal reacción alérgica.

Asimismo, no conviene olvidarnos que si se aplicara la misma preocupación frente a las alergias a los alimentos convencionales, en el supermercado no tendríamos ni apio, ni cacahuetes, ni huevos, ni marisco, ni un larguísimo etcétera de alimentos.

Diferencia de trato

De hecho, la propia OMS reconoce la diferencia “de trato” entre unos alimentos y otros. Mientras que los OGMs y los alimentos obtenidos a partir de ellos son objeto de una evaluación muy rigurosa, no se llevan a cabo evaluaciones similares para los alimentos convencionales, aun considerando que las técnicas de mejora clásica para obtener nuevas variedades o los nuevos mecanismos de procesado de alimentos ya han dado algún susto que otro. Y es que la capacidad de desarrollar nuevos alérgenos no tiene por qué ser patrimonio exclusivo de los OGMs.

Imaginamos que esta desconfianza se debe a la novedad de una tecnología que trabaja con las bases mismas de la vida, los genes, y al miedo de que estos genes se compartan de la manera más inesperada al insertarlos en otros organismos.

Lo que nos enseñó el maíz Star Link: quizás hay que buscar en otro lado.

Un buen ejemplo que nos muestra la paradoja de esto de las alergias y los OGM es la historia del maíz StarLink. A finales de los 90 se aprobó para la venta en los Estados Unidos esta variedad de maíz transgénico, pero sólo para usos no alimentarios, ya que contenía una proteína potencialmente alergénica.

Pero resultó que aparecieron en la comida (concretamente en unos tacos de maíz) trazas de esta proteína y varias personas reclamaron que habían sufrido reacciones alérgicas a ella (ya sabéis cómo son los estadounidenses para estas cosas de las demandas). Aunque no se encontraron evidencias médicas, hubo que contemplar la posibilidad de que genes que codifiquen proteínas potencialmente alergénicas “escapen” de los cultivos transgénicos y aparezcan en alimentos convencionales.

Campo de maíz en Ontario. Fuente: Syngenta Canada
 

Está demostrado que algunos cultivos GM son potencialmente alergénicos, y por tanto no se han aprobado para consumo humano. Ahora bien, ¿Cómo asegurarnos que esos genes no van a aparecer donde no son deseados?

Se nos ocurre que redoblando esfuerzos para evitar la contaminación genética y aumentando las pruebas que se hacen a los alimentos convencionales. Y no sé a vosotros, pero nos da que ambas medidas deben costar un dinerito.

Recopilando

Razones por las que no tienes que preocuparte en exceso; salvo que tengas la desgracia de ser especialmente sensible a todos los alérgenos habidos y por haber, y la preocupación la lleves ya de serie:

1. Apenas se han comercializado frutas y verduras transgénicas, más que nada por razones de mercado. ¿Cuánta gente compraría un tomate transgénico a sabiendas de que lo es? Si hasta McDonalds rechazó la patata Innate por razones de imagen.

2. Ya hemos visto que los OGMs siguen un proceso de evaluación de alergias bastante exhaustivo, que no se limita a los alérgenos más comunes. Y debe funcionar porque según las OMS, no se han encontrado efectos alérgicos relacionados con los alimentos GM disponibles actualmente en el mercado.

3. Prácticamente ninguno de los productos transgénicos que se utilizan te lo vas a comer. De hecho, la soja y el maíz van para piensos; la colza para aceite o biodiesel y el algodón va para ropa o billetes.

4. Además, si vives en la Unión Europea las probabilidades de encontrártelos son muy pequeñas. Porque apenas se cultivan (ya vimos que en zonas puntuales), también para comercializarlo es necesario que la EFSA de su visto bueno (y suele tardar en hacerlo) y además es obligatorio advertirlo en el etiquetado. Entonces volvemos al punto nº1 (nosotros no nos hemos encontrado un solo producto que advierta que puede contener OGM). 

Lo normal es encontrar productos que dicen que NO tienen transgénicos, incluso aunque jamás pudieran tenerlos, como la sal. Fuente
 

¿Y si fuera al revés?

De la misma manera que se está trabajando en un trigo apto para celiacos, ¿nunca te has parado a pensar que la biotecnología podría conseguir alimentos no alergénicos?

Unos cacahuetes o cualquier otro fruto seco no alérgeno gracias a la biotecnología le harían más fácil la vida a más de una madre de niño alérgico. Fuente: guiainfantil.com
 

¿Son tóxicos? ¿Dañan los órganos?

MITO: “Los transgénicos dañan el hígado” o “afectan a la fertilidad de los mamíferos” son argumentos frecuentes. Pero el que mejor demuestra los amplios conocimientos del autor sobre el tema (modo ironía ON) es el siguiente “la transferencia genética de ciertos seres, da lugar a otros seres tóxicos. Es decir, para hacer que un alimento sea resistente a X bacteria, se la altera para genere X toxina que la mantenga a salvo de los perjuicios de la bacteria”.

En este punto entramos en el debate infinito: los promotores dicen que no hay estudios que prueben que los transgénicos sean dañinos, mientras que los detractores afirman que no hay suficientes estudios que prueben de una manera convincente que estos productos son seguros. Si realmente es esto lo que os interesa, podéis ir directamente al último apartado de esta entrada donde exponemos nuestra opinión.

Lo que dice la OMS

Según este organismo internacional, en principio imparcial, “los alimentos modificados genéticamente actualmente disponibles en el mercado internacional han pasado las evaluaciones de riesgo y no es probable que presenten riesgos para la salud humana. Además, no se han demostrado efectos sobre la salud humana como resultado del consumo de dichos alimentos por la población general en los países donde fueron aprobados”.

También dice que como cada alimento genéticamente modificado es muy distinto al resto, se debe evaluar su inocuidad individualmente, y por tanto no se puede generalizar. Recomienda el uso de las guías del Codex Alimentarius para la evaluación de la seguridad de los OGM, ya que constituyen las normas internacionales armonizadas para garantizar la salubridad de los alimentos.

¿Y en qué consisten esas evaluaciones de riesgo?

Aparte de ser bastante exhaustivas  tienen en cuenta los siguientes aspectos: efectos directos en la salud (toxicidad), potencial para provocar reacciones alérgicas, existencia de componentes específicos que pudieran tener propiedades tóxicas o nutricionales, la estabilidad del gen insertado, los efectos nutricionales asociados con la modificación genética y cualquier efecto no intencionado que pudiera resultar de la inserción del gen.

 

Pensando a largo plazo

Así que podemos estar seguros de que los OGMs han pasado unos exámenes muy duros para salir al mercado. Pero, ¿y si luego aparece algún problema que no se supo o no se pudo detectar en su momento?

La propia OMS recuerda que “la base para evaluar su inocuidad debe ser el uso continuo de evaluaciones de riesgo después de la comercialización” y la propia normativa europea prevé la obligatoriedad de hacer estas evaluaciones por parte de la entidad que solicita la autorización para comercializar el OGM en cuestión.

¿Se cumple? Ni idea.

La dieta de un consumidor medio no se parece en nada a la de un ratón de laboratorio.
 

¿Crea bacterias resistentes a los antibióticos? 

Otra de las causas de preocupación es que el consumo de vegetales GM pueda dar lugar al desarrollo de bacterias resistentes a los antibióticos.

¿Cómo podría ocurrir esto? Tal como explicábamos en la primera entrada sobre transgénicos, aparte de meterles el gen que nos interesa se les incorporan genes de resistencia a antibióticos que sirven como marcadores, para poder comprobar que la transferencia de genes ha funcionado. Por tanto, podría existir la posibilidad de que esos genes acabaran en las bacterias del tracto intestinal mediante un proceso de “Transferencia Horizontal de Genes” (THG).

En otras palabras, que si te comieras un tomate transgénico, el gen de resistencia a los antibióticos que lleva incorporado pudiera transferirse a las bacterias que viven en tu intestino. Se sabe que la THG ocurre muy frecuentemente entre distintas bacterias, sin embargo la THG de plantas a bacterias u organismos pluricelulares (plantas, animales u hongos) se considera muy poco habitual, por lo que la probabilidad de que se dieran la transferencia es minúscula, eso en el caso de que el gen llegara intacto al intestino.

En nuestra opinión

Personalmente, es más sencillo cambiar de gen marcador, que de hecho ya se hace, que de convencer a media humanidad para que utilice los antibióticos como es debido, ya que este uso abusivo ha demostrado tener un efecto no solo real, sino cada vez más preocupante en la aparición de bacterias resistentes a los antibióticos.

Visto en el centro de salud.
 

¿Es el glifosato un veneno?

MITO: “Finalmente la OMS confirma que el glifosato nos está matando”

Para las plantas si, desde luego. Para las personas, pues francamente, ni idea. Hay tal cantidad de estudios, unos dicen una cosa y otros la contraria, que una ya no sabe a qué atenerse. Pero vayamos por partes, a ver si nos aclaramos.

Más allá de Monsanto y los transgénicos

El glifosato es el principio activo de numerosos herbicidas comerciales. Lo asociamos automáticamente a Monsanto porque fue un trabajador de la compañía,  John E. Franz el que descubrió sus propiedades como herbicida en 1970. Se comercializó cuatro años después, pero despegó allá por los años 90 gracias al desarrollo de los cultivos transgénicos resistentes a glifosato, los famosos RoundUp Ready de Monsanto.

La patente del glifosato expiró en 2000, y actualmente muchas compañías comercializan este principio activo con diversas formulaciones y nombres comerciales, y para los usos más diversos: agricultura, jardinería o mantenimiento de carreteras y vías de tren limpias de maleza (para evitar incendios principalmente). De hecho no necesitas sembrar soja o maíz transgénicos para poder usarlo, en tiendas on-line, en cualquier centro comercial o en un vivero lo tienes a mano.

¿Qué es y cómo funciona el glifosato?

Es un herbicida de amplio espectro y no selectivo, es decir que no se salva ni una planta, lo mismo acaba con las de hoja estrecha (o sea gramíneas), las de hoja  ancha (el resto de malas hierbas) o incluso leñosas, de ahí que se use tanto.

Lo bonitas que son y la guerra que dan cuando crecen donde no se las quiere
 

Es también sistémico, es decir que entra en la planta, normalmente a través de las hojas para ir migrando otras partes de la planta a hacer de las suyas. Principalmente inhibe la ruta de biosíntesis de aminoácidos aromáticos, la “ruta del shiquimato” entre otras trastadas que causan tal desbarajuste en las células vegetales que acaban muriendo.

Un poquito de humor siempre viene bien. Cuando leí eso de que algunos ayuntamientos pensaban sustituir el glifosato por una solución de vinagre (bueno realmente de ácido acético más concentrado), no pude evitar hacer el chiste.
 

Y especifico lo de células vegetales porque es uno de los argumentos que a menudo se utilizan para demostrar su seguridad. Como afecta a una serie de reacciones químicas que sólo tienen las plantas y algunas algas, en principio no tendría por qué afectarnos. Bueno, al menos sabemos que no nos secará en cuestión de días.

Pero tampoco es una sustancia completamente inocua, tanto la materia activa como sus metabolitos se consideran generalmente productos de toxicidad baja, tanto aguda como crónica, para humanos. Y lógicamente las fichas de seguridad del producto te informan de su toxicidad, las instrucciones de manejo y qué hacer en caso de intoxicación. 

Sus efectos negativos: Cría la fama y échate a dormir

El glifosato ya no se puede quitar la fama de ser el malo más malvado de los todos los herbicidas, aunque los haya peores. Quizás parte de esta fama se deba simplemente a que Monsanto en su momento tuvo una estrategia de imagen corporativa y comunicación mas bien desastrosa.

Se le han atribuido varios efectos negativos: como disruptor endocrino (causando problemas de fertilidad y determinados cánceres ligados a hormonas), como neurotóxico, tóxico para diversos órganos o tejidos, y por último, casi lo que más miedo da al personal, como cancerígeno. Vamos a detenernos sólo en este punto porque ilustra bastante bien los entresijos de la ciencia en estos menesteres. 

Agencia Internacional de Investigación del Cáncer

Hace no mucho la IARC, la sección de la OMS dedicada a las investigaciones sobre el cáncer, en una evaluación de cinco productos fitosanitarios organofosforados, metía al glifosato en la categoría 2A, el de las sustancias que probablemente pueden causar cáncer.

Para el glifosato en concreto, los investigadores han encontrado suficiente evidencia de que puede producir cáncer en animales de laboratorio, pero esta evidencia es limitada en el caso de humanos. En base a estos resultados, metieron al glifosato en el cajón de la discordia. Enseguida varias entidades cuestionaron esta afirmación, entre ellas lógicamente los productores, porque según ellos obviaban muchos estudios, que casualmente les beneficiaban a ellos. La IARC explicó que solo se basan en datos de dominio público y disponibles para una revisión científica independiente, y que habían incluido los estudios procedentes de la industria que cumplían con esos criterios.

Mientras tanto, los lobbies anti-transgénicos arrimaron el ascua a su sardina y directamente lo han vendido como que la OMS les da la razón. El resto de productos fitosanitarios evaluados, al parecer a nadie le importan, y eso que se usan, algunos incluso en la casa y el jardín.

Un nuevo actor entra en escena

Por si fuera poco, ahora resulta que se ha descubierto que alguno de los ingredientes de las preparaciones comerciales del herbicida, concretamente algunos surfactantes (el más famoso es el Polioxietilenamino, POEA) puede que tengan efectos negativos por si solos o que agraven los causados por el glifosato.

Estos surfactantes son una especie de “detergentes” que ayudan a las gotas de agua que transportan el glifosato a quedarse pegaditas a la hoja, de manera que el producto pueda entrar mejor. Si no se utilizaran haría falta más cantidad de glifosato para conseguir el mismo efecto.

El problema es que estas sustancias al formar parte de los componentes inertes, algo así como los excipientes de las medicinas, se han mantenido hasta hace poco fuera del debate.  
 
 herbicida RoundUp Plus
Ficha técnica del herbicida RoundUp Plus, tomada de la página de Monsanto. Estas fichas ofrecen toda la información técnica relativa al herbicida y su manejo seguro. Pero sobre los componentes inertes o surfactantes no suele haber información, imagino que porque cada fabricante tiene su “fórmula secreta”, que les hace mejores que el resto de preparaciones comerciales de herbicidas.
 

En resumen

Ni recurriendo a mis fuentes de información oficiales de referencia me queda del todo claro el asunto.

Mientras que la IARC toma en consideración (entre otras evidencias) las situaciones en las que se utilizan las preparaciones comerciales de glifosato, la EFSA se limita a estudiar cada molécula por separado y emite su dictamen. Por cierto, esta entidad no considera que el glifosato pueda ser genotóxico o que pueda suponer un riesgo de cáncer en humanos. Respecto a la toxicidad en general, al menos ha establecido por primera vez umbrales de toxicidad, tanto para los operarios como para los consumidores. 

Información y control

Así resulta difícil separar la toxicidad del glifosato puro del efecto de otras sustancias químicas presentes en las preparaciones comerciales, como los surfactantes, de las que no se sabe cuánto o cómo contribuyen a la toxicidad total. Se sabe que el glifosato causa problemas en roedores de laboratorio, pero falta información sobre los efectos de las dosis que puedan estar recibiendo las personas en situaciones reales. 

 
De nuevo surge la misma idea: además de costosas y rigurosas pruebas previas a la autorización de las preparaciones comerciales, hace falta un buen control posterior de lo que ocurre una vez el producto se utiliza en el campo de manera habitual.
 
Una historia curiosa la del Glifotest. Un dispositivo similar a un test de embarazo, que sería capaz de detectar presencia de glifosato, de manera totalmente casera, en el agua o diversos productos. La idea surgió de unos profesores de genética en la Universidad de Buenos Aires, a raíz de que unos investigadores encontraran este herbicida en algodón, gasas, hisopos, toallitas y tampones, y lo que iba a ser un trabajo de prácticas para los estudiantes se convirtió en proyecto de negocio. La idea es que sea capaz de detectar concentraciones que sean perjudiciales para la salud (las encontrados en los productos de algodón estaban en muy bajas concentraciones, según la OMS no perjudiciales). Lo más gracioso del asunto es que el mecanismo de detección se basa en ¡¡ bacterias modificadas genéticamente!!. De momento sigue en fase de proyecto.                           ¿Llegaremos a verlo? se aceptan apuestas.
 

 

Sobre la carta de los premios Nobel, la crisis de credibilidad y la búsqueda del riesgo 0. 

Posiblemente hayáis oído hablar de la famosa carta firmada por más de cien premios Nobel, en la que “regañaban” a Greenpeace por rechazar todo tipo de alimentos transgénicos. Nada menos que 110 premiados y la opinión de 276 instituciones científicas, basándose en más de 2.000 estudios científicos, han llegado a la conclusión que “los alimentos transgénicos no presentan un riesgo mayor para el consumo humano y el medio ambiente respecto al alimento convencional“.

Toda esta cantidad de científicos (laureados o no) y de estudios ¿debería bastarnos? Y es que, otro de los mantras que se repiten hasta la saciedad desde el bando de los pro-transgénicos es el del consenso científico. Pero quizás, este consenso no sea tan amplio como nos quieren hacer creer, ya que existen grupos de científicos críticos o escépticos tanto en Europa como en EEUU.

La falta de consenso no significa directamente que haya científicos en contra de esta tecnología ni que los transgénicos sean peligrosos. Simplemente que algunos científicos, quisquillosos ellos (como debe ser), cuestionan la validez y representatividad de algunos estudios, especialmente los que arrojan resultados descaradamente positivos, porque los experimentos no estén bien diseñados, porque sean a corto plazo, por no estar bien interpretados, por estar financiados por la industria productora, etc.

Pero claro, al ciudadano medio, que apenas sabe lo que es un organismo transgénico, los intríngulis del método científico le suenan a chino. Tanto los pro-transgénicos como los anti transgénicos citan una y otra vez a los científicos y sus estudios pero al final, como no sabes a quien creer y ves conspiraciones por todos lados, acabas por no creer a nadie, o quedándote con la conspiración que más te convence o que mejor te han vendido.

¿Qué hacer entonces?, ¿Qué pensar?

 
En la editorial de un especial sobre OGMs de la revista Nature dan una buena pista: en esto de los cultivos GM, una buena medida de la falacia de una declaración es la convicción con la que se expresa. Y es que ya lo decía Voltaire, “La ignorancia afirma o niega rotundamente; la ciencia duda”.

Los transgénicos están aquí para quedarse, y sabemos que no hay manera de eliminar totalmente el riesgo que pueden suponer para la salud o el medio ambiente, de la misma manera que montamos en avión, en coche o en bici sabiendo que podemos tener un accidente. Ya no nos queda otra que hacer el camino juntos, pero mientras avanzamos es perfectamente lícito, y necesario, pensar en los problemas que pueden ir dándose y crear una especie de red de seguridad en forma de conocimiento científico (del bueno) que nos proteja.  

Principales fuentes utilizadas para la elaboración de esta entrada:

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