En esta ocasión vamos a conocer a una investigadora especializada en Biología vegetal. La ciencia es imprescindible en el ámbito agroalimentario, ya sea para sacar lo mejor de los cultivos y las especies ganaderas o para garantizar la calidad y sabor de lo que comemos a diario.
Rosa es profesora titular en la Universitat Politècnica de València (UPV) e investigadora en Instituto Biología Molecular y Celular de Plantas (IBMCP). Pero además es “colega”, ya que es divulgadora científica. Puedes descubrir miles de cosas interesantes en su cuenta de instagram (@bio.amara), en su blog La Ciencia de Amara y los dos libros que ha publicado Eso no estaba en mi libro de Botánica y Plantas que nos ayudan.
Estudiaste Biología en Granada y luego te doctoraste en Bioquímica y Biología Molecular. ¿Hubo algún momento o experiencia concreta que te llevó por el mundo vegetal frente a otras ramas de la biología?
Me gustaba el laboratorio, pero el aterrizaje en el mundo vegetal fue totalmente casual. Sin haber terminado la carrera, pude hacer unas prácticas en la Estación Experimental del Zaidín de Granada, que es un centro de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de referencia en Ciencias Agrarias.
Me centré en las micorrizas, que es un tema fascinante, y mi director de tesis me fue encaminando hacia la biología molecular de esa interacción planta-microorganismo, que en aquel momento aún era incipiente. Empecé a usar técnicas de esta disciplina, complementándolas con la fisiología vegetal. Me gustó mucho, se me dio bien, inicié esa línea de investigación en mi grupo y ahí me centré. Poder estudiar los mecanismos moleculares que subyacen a las respuestas fisiológicas de las plantas para hacer frente a la sequía fue como entrar en un mundo extraordinario y, a la vez, oculto.

Llevas más de 25 años investigando la simbiosis entre plantas y micorrizas, ¿puedes contarnos en pocas palabras en qué consiste y por qué es importante?
Efectivamente, es una simbiosis, en este caso mutualista y obligada para el hongo. En otras palabras, se trata de una relación de amistad que no es infrecuente en la naturaleza entre seres vivos. Quid pro quo. Tú me das y, en esa medida, yo te doy.
De hecho, las micorrizas desempeñaron un papel fundamental en el éxito de las plantas para colonizar tierra firme hace unos 500 millones de años y, desde entonces, han coevolucionado con ellas. De las plantas obtienen los azúcares que estos hongos necesitan y que no pueden conseguir por sí solos y, a cambio, aportan nutrientes, capacidad de captar agua del suelo y tolerancia frente a enfermedades y frente a estreses ambientales como sequía, suelos salinos, contaminados con metales, etc.

Nota del redactor: Este es un tema tan fascinante que hemos decidido redactar, con ayuda de la propia Rosa, una entrada dedicada exclusivamente a las micorrizas. Próximamente podrás verlo aquí.
Tu grupo trabaja también con edición genética y bioestimulantes. ¿Qué diferencias prácticas hay entre ambos abordajes a la hora de ayudar a un cultivo a resistir la sequía o la salinidad?
Nuestro objetivo es el mismo: conseguir que un cultivo sea más tolerante frente a un estrés abiótico como puede ser la sequía o la salinidad. Sin embargo, el abordaje es completamente diferente.
La edición genética es un proceso controlado, eficaz, seguro y dirigido a un gen en concreto, pero hasta hace muy poquito tiempo, la legislación era muy exigente. Las plantas obtenidas con NTG (Nuevas Técnicas Genómicas) se trataban igual que los organismos modificados genéticamente tradicionales (OMG), con procesos largos de más de 10 años y un coste elevado. Ahora, gracias a la distinción de dos categorías, se verán favorecidos los productos con pocas modificaciones, dado que no tendrán que sufrir los estrictos trámites de los transgénicos y, previsiblemente, será más fácil aprobar un cultivo destinado a resistir mejor la sequía, por ejemplo.
Nuestro otro abordaje consiste en el uso de bioestimulantes. Con el Pacto Verde de la Unión Europea y la estrategia “De la Granja a la Mesa”, se plantea como uno de sus objetivos reducir el uso de fertilizantes de origen químico y se promueve el uso de bioestimulantes, que, por definición, son de origen natural. Esto ha coincidido con la entrada en vigor en 2022 de la nueva normativa sobre bioestimulantes, que exige pruebas científicas de su eficacia. Años antes, en 2019, en nuestro laboratorio, desarrollamos una plataforma para identificar y evaluar de forma rápida, efectiva y económica la capacidad bioestimulante de un extracto natural. Así hemos desarrollado CalBio®, un bioestimulante que ha demostrado su eficacia en varios cultivos y bajo condiciones de sequía y salinidad, y que puede aplicarse en la agricultura convencional y ecológica. Podemos, no solo identificar y desarrollar un bioestimulante que sea eficaz en condiciones de estrés, sino determinar su modo de acción, lo cual resulta de interés, especialmente a las empresas que los comercializan.
Por si fuera poco, las micorrizas, que durante tantos años centraron mi atención, hoy en día están consideradas según la normativa como bioestimulantes microbianos, y hemos observado un mayor efecto en la planta cuando se inoculan conjuntamente con nuestro bioestimulante. Hace 25 años eran unas grandes desconocidas y su uso no estaba para nada extendido. Me alegra mucho que hoy en día por fin se valores y que los productores puedan comprobar de primera mano sus beneficios en el campo.
¿Cómo es el día típico de un investigador? ¿Cuál consideras que es la parte más difícil de tu trabajo? ¿Y la que más satisfacciones te da?
En mi caso, también soy profesora universitaria y formo a personal investigador en distintas etapas de su formación: prácticas y posteriormente TFG, TFM y tesis doctoral. Algunos de ellos seguirán trabajando con nosotros después de su periodo formativo. Debo conciliar mi labor docente con la investigación. Desde el momento en que empiezas a ser IP de un proyecto y lideras un grupo de investigación, tienes una responsabilidad con la gente que forma tu equipo y con la entidad financiadora. Así que un día cualquiera consiste, además de dar clase (y eso supone preparar esas clases, actualizar temario, hacer exámenes, corregirlos, prácticas de laboratorio, tutorías, etc), en atender y coordinar a todos los estudiantes que trabajan en el laboratorio en las diferentes líneas de investigación.
Siempre hay que buscar financiación para nuevos proyectos, bien mediante convocatorias públicas o bien algo que hacemos más últimamente, dado el interés de los bioestimulantes, buscando socios empresariales. Diría que la parte más difícil es la de buscar financiación y la más tediosa es la inmensa burocracia, que a veces resulta muy frustrante. Lo más satisfactorio, que los experimentos más complejos salgan bien, que alguno o algunos de los estudiantes sean los protagonistas y que pueda ver de cerca su evolución y comprobar cómo han madurado personal y profesionalmente con el tiempo.

Alguna vez has comentado que la investigación científica es «un modo de vida». Para los jóvenes que se plantean su futura carrera laboral, ¿qué salidas reales ofrece hoy la investigación agroalimentaria en España? Y a los que ya se han decidido por la biotecnología vegetal o ciencias agroalimentarias, ¿qué consejo les darías?
Voy a ser realista. En muchas profesiones la vocación te hace ser un mejor profesional. Además de eso, esta te lleva a una resiliencia necesaria, pues la carrera profesional es competitiva y un ejercicio intenso de resistencia y constancia, como cualquier científico sabe. Si aceptas esta premisa, puedes escoger la vía académica: una carrera científica en la universidad (lo que además te lleva a ser profesor) o en un organismo científico como el CSIC, por ejemplo. La academia es un proceso largo que requiere mucha dedicación y esfuerzo, tanto personal como laboral.
Otra opción muy interesante sería trabajar en empresas privadas de los sectores agronómico o biotecnológico, que cada vez son más importantes. España es una potencia agroalimentaria y cada vez hay más demanda en empresas agroalimentarias, consultoras, industrias de transformación, administraciones públicas y proyectos ligados a la transición ecológica.
Además de lo que aprendes en la carrera, es muy importante poseer competencias transversales, como la capacidad de trabajo en equipo, la gestión del tiempo, la resolución de problemas, así como idiomas, programación y análisis de datos, bioestadística, bioinformática, escritura científica y comunicación.
En cualquiera de los casos, la movilidad y la internacionalización son muy importantes. Buscar estancias en el extranjero es casi obligatorio.
También divulgas desde 2011 desde tu blog La Ciencia de Amara y desde tu cuenta de Instagram ¿Qué te llevó a dar ese paso siendo ya investigadora activa?
Se trataba de algo personal, como compartir mi pasión, y también como forma de transferencia del conocimiento. Los científicos estamos acostumbrados y obligados a explicar lo que hacemos a través de revistas científicas en inglés o congresos donde van colegas del mismo campo, y, en ambos casos, con un lenguaje técnico, algo que difícilmente atrae a la sociedad. Yo soy como una niña y me ilusiona lo que voy aprendiendo. Aún soy capaz de sorprenderme y a veces, de emocionarme con una noticia o un descubrimiento. Siento la necesidad de contarlo y lo hago en español, reivindicando el valor de nuestro idioma y la calidad de nuestra ciencia.
Haber comenzado en esto cuando ya tenía ciertos años de trayectoria científica, me ha permitido divulgar no solo desde el conocimiento, sino también desde la experiencia. Uno de mis retos siempre ha sido difundir la cultura científica entre quienes no son científicos. Las personas que no se dedican a esto deben conocer lo que hacemos y para qué lo hacemos, los resultados y avances que les pueden ayudar directa e indirectamente, tener herramientas para ser escépticos ante un mundo con mucha desinformación (sobre todo en el ámbito científico) y saber que el dinero que aportan vía impuestos para financiar proyectos de investigación tiene sentido y les va a repercutir en su bienestar. Es la forma en la que la sociedad puede poner en valor la ciencia.

Tus dos libros Eso no estaba en mi libro de Botánica y Plantas que nos ayudan, acercan la botánica al público general. ¿Qué mensaje querías transmitir con cada uno? ¿Crees que el público general entiende hoy mejor la relación entre ciencia de plantas y la comida que llega a su mesa que hace una década?
Aunque no soy única en la tarea, me propuse hacer más presente el mundo vegetal, no porque me dedico a ello, sino por la gran importancia que tienen para nuestras vidas y para la vida en general del planeta. También es verdad que la divulgación científica es abundante en temas como neurología, psicología, alimentación, microbiota… pero hay muy poquito de plantas. No me refiero a guías de plantas, flores o árboles, ni al cultivo de cannabis ni a “Magia natural, pócimas y hechizos herbales” (sí, de eso también hay), sino a la divulgación sobre plantas. Uno de los temas que abordo con frecuencia en mis charlas es la ceguera vegetal, o incapacidad humana, para percibir, apreciar y valorar las plantas. Si lo piensas por un momento, es imposible que no nos crucemos con una planta, o algo procesado desde una planta, como ropa, medicamentos, especias, alimentos, madera, tetrabriks, papel… Y, sin embargo, están ahí casi invisibles, como productos absolutamente normalizados.
En mi primer libro quería contar que las plantas son tan fascinantes como otros seres vivos en sus procesos vitales y que pueden hacerse documentales como se hacen con los animales. Se adaptan a circunstancias muy adversas, incluso se aprovechan de ellas, más que muchos otros seres vivos; “sufren” (aunque no tengan sistema nervioso), se comunican (sin boca ni oído), se defienden ante sus depredadores (tienen sus propias armas bioquímicas), se alimentan de otras como verdaderos parásitos, han sido el arma del crimen cuando la ciencia aún no había descubierto el ADN, han formado parte de la historia y la cultura y cómo no, ¡son un alimento fundamental! Las plantas han sido motor de la humanidad y estamos aquí gracias a ellas.
En mi segundo libro, hay un enfoque más específico desde la biotecnología y la biología molecular, pero con un toque humanista. Recoge sólo algunos ejemplos (todo sería inabarcable) de cómo la tradición le ha dado un uso a algunas plantas y la ciencia moderna ha demostrado si realmente había evidencia científica detrás de esos usos o era más una leyenda. Se tratan plantas como el hipérico, el aloe vera, la amapola, la adelfa, la soja, el café… y se responde a preguntas como ¿tiene efecto sobre la salud? ¿para qué sirve? ¿es peligrosa? Mi principal mensaje es que una planta es natural, sí, pero no por eso es inocua. Es necesario tener presente que sus beneficios (si los tiene) deben estar comprobados y estandarizados científicamente, en su dosis, vía de administración y/o biodisponibilidad y posible uso eficaz. Por supuesto, podemos sacar provecho de algunas de sus moléculas (para la industria textil, farmacéutica, papel, etc.), pero ahora que hemos vuelto a la tendencia de lo natural, es importante transmitir que una planta está fabricando continuamente moléculas beneficiosas y otras que nos podrían matar. Lo más prudente es no confiarse, porque algunas son tóxicas solo con tocarlas. Busca en internet la planta conocida como “gimpi gimpi” o su otro nombre (ojo, spoiler): aguijón del suicidio.
Hay que ser escépticos, valorar positivamente el conocimiento ancestral gracias al cual han sobrevivido generaciones, y confiar más en el que la ciencia, siglos después, ha verificado y validado para nuestro bien.